Juanma's profileJuanma OrtegaPhotosBlogListsMore Tools Help

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    8/29/2006

    VUELTA A CASA

    La puerta se abre con un sonido sordo, casi vacío.

    Yace una casa, antes nido de un sueño.

     

    Los muebles esperan, silenciosos.

    No saben, no opinan, no entienden.

    Solamente esperan, pacientes.

     

    La cama, vacía y sola, pregunta.

    Yo no puedo responder.

    Cada rincón que fue antes nido de un sueño

    Es ahora una pregunta, un vació por llenar.

     

    Mis pasos resuenan, firmes, pero solitarios.

    Las paredes desnudas, castigadas, testigos impasibles

    Aguardan lo que está por venir, pero lloran por lo que no es.

     

    Yo, niño, busco.

    Y no hay nada.

    Solamente yo.

    Al fin, pero solamente yo.

     

    El enorme silencio envuelve todo.

    Ya no hay más luz sonora de bienvenida.

    Ni el cálido aroma del fuego lento

    Ni el susurro de esa piel que me besa.

     

    Yo.

    Pequeño, solo.

    Yo.

     

    En mi pecho crecen las espinas, irrumpen las raíces del dolor

    Profundo, grave.

    En mi mente, la luz que me llevó hasta esta soledad inmensa

    Infinita, pálida y vacía.

    Una luz interior que, condescendiente, comprende mi dolor.

    “Tranquilo, mi pequeño” me susurra.

    Y sé que es parte del camino.

    Pero duele tanto…

     

    Infinitos rincones, infinitos detalles llenos de amor.

    Ya no está aquí.

    Fue grande, hermoso.

    Pero ya no está aquí.

     

    Ahora solamente yo.

    Pequeño, solo.

    Pero al fin, yo.

    8/26/2006

    TODO ESTÁ EN LA MENTE

    “Nuestras percepciones crean nuestra realidad”.
     
    Es una de las frases que mejor resumen la relación entre nosotros y lo que entendemos por nuestro entorno. Nuestro organismo está preparado para funcionar perfectamente, pero bloqueos en diferentes áreas de nuestra vida que comienzan en nuestra mente acaban por cristalizarse en nuestro cuerpo, que es nuestra frontera con el exterior. Eso es lo que llamamos enfermedad.
     
    La sanación es un arte milenario y ha estado presente en todas las culturas del mundo. En la actualidad miles de personas mejoran sus vidas cada día gracias a su decisión de desbloquear sus centros energéticos y con la ayuda de otros. Hay muchas personas que no son sanadores pero que usan esa denominación para conseguir dinero fácil, otros incluso para convertirse en “especiales” para los demás, o para dar salida a sus trastornos ególatras, pero la inmensa mayoría de los verdaderos sanadores tan solo pretenden seguir su necesidad de ayudar.
     
    No se trata de abandonar la medicina tradicional, ni de seguir a ridículos gurús, ni es necesaria creencia en ninguna doctrina. Basta con estar dispuesto a mejorar y tener la curiosidad suficiente como para recibir la enorme energía que desprende el hermoso arte de sanar. Yo he querido aprender, conocer más, profundizar. Nunca me ha gustado juzgar algo sin conocerlo, y tristemente es muy común escuchar “todo eso son chorradas, estafas” sin haberlo siquiera comprobado. Y tampoco me valen las historias que me cuenten, o las ideas de otros. Invariablemente, la experiencia directa es la madre de la sabiduría.
     
    Y allí estaba yo. En Niza y con otras más de 30 personas, aprendiendo, conociendo, jugando como un niño y comprobando, una vez más, que, efectivamente, todo está en la mente. No hay mayor felicidad que ayudar a otros a mejorar. Es una hermosa energía la que parte del corazón y a través de las manos alcanza a quien, valientemente, acepta eliminar sus bloqueos y ser sanado. Ser capaz de ayudar y ser ayudado es mi premio por no quedarme en aquello que conocía y por querer saber más. Mi premio por ser curioso.
     
    Aquí dejo algunas de las fotos de la fiesta de despedida del curso de Cuerpo Espejo intensivo nivel 2 de Niza. Sin duda, el amor estaba en el aire.
     
    8/11/2006

    Mis postales desde Italia

    CRÓNICA DE UN VIAJE

    Aeropuerto Leonardo da Vinci. Al salir me espera un guía con cartel llamado Carlo que saluda con un móvil en la mano. Le doy la mía y mientras lo hago, lo primero que me dice en un semiespañol apenas entendible es “tú que eres de España… ¿qué quiere decir esto?” Y me enseña un mensaje de texto en el que, entre otras muestras de cariño pone: “te echo de menos”. El tío resulta que estaba desesperado porque una española de la que está enamorado le ponía eso y el pobre entendía que le “echaba” de su vida. Le tranquilizo e incluso hablo con la española mientras me trae al hotel en furgoneta. La chica, muy maja, me dice que he ido a parar a la mejor ciudad del mundo. “Me la quiero comer”, pienso.

    El hotel me impresiona. La experiencia me lleva siempre a ser escéptico y a no creerme que se puede parecer remotamente al del folleto (en este caso la web) pero no es así. Lo mejora. Muy fuerte lo de los jardines y la piscina olímpica. Y encima amables hasta el punto de chapurrear español si tienen oportunidad. Bueno, aquí todo el mundo chapurrea español según te oyen decir “hola”. Sobre todo en los comercios.

    Dejo todo y, a pesar de las tres horas dormidas (contando las del avión), me voy al Vaticano. De cabeza a la plaza de San Pedro. La mejor forma de sentir escalofríos en pleno agosto. Sentir cómo se va acercando la cúpula de la basílica mientras te acercas por la Via Della Conziliazione es algo que todo ser humano debería poder hacer aunque sea una vez en la vida.

    Una vez en la plaza, te ves rodeado por enormes columnas y figuras de piedra. Todas las formas parecen mandar un mensaje: “tú eres pequeño, Dios es grande”. Ese era el truco de quienes construyeron todo esto. Cuanto más te impresionan, más pequeño te hacen sentir y más te dominan. Me dejaré dominar por un rato mientras imagino siglos y siglos de humanos buscando paz para su espíritu entre estas moles de mármol blanco.

    El Vaticano será un estado, pero toda esta zona es territorio internacional. Todos somos turistas. Esto me recuerda lo mucho que tenemos en común los seres humanos, seamos de donde seamos. Aquí se huele el miedo a lo desconocido. En cada cara de cada santo y cada virgen hay refugio y consuelo para el atemorizado, que en ocasiones exterioriza su pavor como ira hacia lo que considera extraño, y es capaz de encerrar a Galileo hasta la muerte.

    Tomo el típico autobús turístico de dos pisos. Bien. La suerte y algunas nubes que amenazan (solamente amenazan) lluvia está haciendo que el clásico calor sofocante de Roma, este agosto no exista. “Non e come il due mile tre” Me dicen los lugareños, escarmentados por la ola de aquel año. Perfecto para salir.

    Al Coliseo de cabeza. La guía española, muy maja pero con voz de pito, parece interesada en que charlemos. Pierdo toda posibilidad de una nueva amistad de una forma casi cómica:

    -          Guía: “¿Eres el de Los 40? Tú que eres locutor, se ríen de mí mis compañeros porque dicen que tengo voz de dibujo animado”

    -          Juanma, sincero: “Ahora que lo dices, la verdad es que un poco sí”

    Bueno, no está mal perder cualquier posibilidad por haber sido sincero…

    Ah, el Coliseo. Impresionante. Una vez más, el miedo hecho espectáculo. Resulta que decenas de miles de romanos se juntan en un estadio para ver cómo desmembran a sus semejantes. El terror a que te ocurra lo mismo es una poderosa emoción. Como también lo es para los gladiadores: unos adictos hasta la muerte a la emoción escénica que sienten ahora las grandes bandas de rock o los futbolistas de élite. Me siento a escuchar en mi mente, boquiabierto, los gritos ensordecedores del gentío deseando sangre.

    El “Backstage” estaba debajo. Pasillos y compuertas bajo un suelo de madera (como un escenario) recubierto de arena. Todo un show. Vaya, tampoco hemos evolucionado tanto. Esta es una gran verdad que no se confirmaría del todo hasta dos días después, en Pompeya, al ver tuberías de plomo, avisos de “cuidado con el perro” y hasta bares y restaurantes de 20 siglos de antigüedad. Hay quien piensa “qué avanzados eran”. Yo pienso “qué retrasados vamos”.

    Como soy tímido (ejem) paso la segunda tarde con Lyn. Una filipina (monísima, por cierto) que me pide que le haga una foto, y yo lo mismo. Los dos andábamos buscando la Fontana di Trevi, y fíjate, acabamos cenando en una trattoría tras haber flipado con el Panteón. Por si te lo estás preguntando, no pasó nada. Nos dimos los mails y teléfonos y yo me quedé comprando discos mientras ella se iba a seguir su búsqueda por Berlín. Me encanta la gente que busca, mucho más que la que cree haber encontrado y no busca más.

    Por la noche, Internet, escribir esto, y dormir. En un jardín y con una fuente sonando a lo lejos, se duerme estupendamente.

    Excursión a Pompeya. Una vez más, mi “timidez” me lleva a conocer a Marisol. Se dedica a vender camafeos en la tienda de souvenirs a la entrada del parque. Haber vendido recuerdos y postales en el Castillo de Montjuich durante toda mi infancia me solidariza con el esfuerzo de la mujer y hasta le compro uno pequeño. Ella es de Tomelloso pero de corazón madrileño. De mi edad. Viene en los 80 de viaje con sus padres, se enamora y se acaba casando con Carlo, un pompeyano majísimo. Él es camarero del bar de al lado, en el que me invitan a Limoncello, la bebida artesanal de la zona, hecha a base de enormes limones naturales que lucen colgándolos de las tiendas. Buena gente hay en todas partes. Y sigue gustándome comprobar cómo aquí vienen a parar miles y miles de personas que prefieren buscar antes de seguir pensando que lo han encontrado.

    Un poco de regateo para comprar dos tonterías y pronto me encuentro caminando en medio de una de las ciudades más importantes de la antigüedad. Me siento pompeyano antiguo. Esta ciudad de 22.000 habitantes ya no es nada más que ruinas porque el Vesubio, el volcán que la preside, un buen día de hace 2000 años decide tener una erupción que la cubre con siete metros de ceniza. Como pasa de noche, huyen casi todos menos 1100 de nada, que ni se enteraron o ya era demasiado tarde. Un drama. La ciudad, literalmente, desaparece bajo los restos del volcán. Los que huyeron no debieron ni querer oír hablar del tema. 1600 años más tarde, haciendo unas obras, la descubren pero la dejan tal cual. La gente del siglo XVII no estaba para arqueologías. Siglo y medio más tarde, un Rey Borbón piensa que puede ser interesante destapar a ver qué hay ahí, por si quedara algo de valor. Las excavaciones duran siglos. Y venga salir casas. Y templos. Y plazas. Y cadáveres de lugareños en postura de huir, tapándose la cara con los brazos. Impresionantes los de una mujer embarazada y el de un niño con las manos en el rostro. Que no. Que no eran tan diferentes a nosotros. A estos les pilló el marrón y les dejó así durante milenios para que yo, turista de los de cámara colgada, les haga fotos para que participemos de su angustia.

    Me meto en el “spa” urbano, alias terma. Piscina, salas de masaje. Estos pompeyanos (los ricos, claro) no se privaban de nada. Fuera hay bañeras en las que esclavos y ganado comparten el agua, mientras ellos tienen agua corriente con sus cañerías y todo. Hay pasos de peatones, zonas vetadas al tráfico con pilones… Una ciudad como cualquiera. Estando aquí me pregunto en qué ha estado pensando la gente en estos últimos 20 siglos. Por qué no hemos evolucionado más. La respuesta me la guardo. Que cada uno saque sus conclusiones.

    El enorme pene en erección de una figura masculina pintada en la entrada de una de las casas indica claramente que, efectivamente, hay oficios que son muy antiguos. Y que no se cortaban en ser claros con eso. Ahora se llama a ser claro, ser moderno. Efectivamente, no solamente no hemos evolucionado, sino que parece que el mundo ha ido justo al revés durante este tiempo. Más de uno atribuiría la erupción que se cargó la ciudad a un presunto “castigo divino por ser tan paganos y tan abiertos con el sexo”.

    Vittorio es el guía. Se siente pompeyano de ese tiempo. Habla de las casas de familias adineradas con cierta admiración, como si me las estuviese vendiendo. “Fíjate, esta casa tiene sistema de calefacción central” y me enseña pequeños pasillos subterráneos que llevan a una chimenea y calentaban el suelo de toda la casa.

    Me meto en las habitaciones. Me siento como si fuera un invitado.

    -          Hola, vengo del siglo 21 a ver la casa

    -          Claro, éste es tu cuarto. ¿Algo para cenar?

    Algunas pinturas de las paredes se conservan. Representan todo lo que tenían en su mente con muchísimos detalles. Si es que pintaban mejor que durante toda la Edad Media. ¿Pero qué nos ha pasado?

    Me harto de caminar por sus calles, entrando en los bares, poniéndome al otro lado de la barra. “¿Qué va a ser?” A la vuelta, una vez más mi timidez me hace entablar conversación con Alessandro, el guía del autobús. Nos damos los móviles y quedamos para salir el sábado de copas. Seguiremos informando.

    Hoy llueve. Y una profunda tristeza crece como regada por el agua que cae sobre los tejados de la ciudad eterna. Aquí, es cierto, las emociones son más emociones. Es bueno sentir, y dejar que salga, que fluya. Siempre nos ponemos a salvo de la tristeza, y es parte de la vida. Y yo me estoy sintiendo más vivo que nunca. Voy a dejar esto por ahora. Ahí están mis fotos – postales (más que nada porque salgo poco) Las iré dejando en el álbum de fotos de este espacio, en una colección llamada "Ciao, Roma!" Pronto más.

    Gracias por los comentarios. Aquí tan lejos se agradecen todavía más.