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    7/13/2007

    41

    41 ya.
     
    Me siento renovado. Cumplir años para muchos es una carga. Para mí, una recarga. Una oportunidad para hacer, otra vez, balance. Ver tu ruta, y seguir el camino. La música ha parado, y ya no hay guirnaldas. Queda una estela de abrazos, palabras llenas de cariño sincero, risas, y momentos irrepetibles.
     
    Soy afortunado… Inmensamente rico. Rico en afecto, en el cariño de buenas personas.
     
    Jueves, 5 de julio: Madrid. The Trinity. Hasta arriba (nunca mejor dicho). La cerveza corrió por litros y litros junto a las mejores tapas (Paco: olé esas croquetas y esos huevitos). Mis chicas de Quinto Nivel, mis buenos compañeros de la SER (Francino incluído), y mis amigos especiales. Buenas migas (normal que haya migas, con esas tapas). Llegan ramos de flores. Globos, sombreros y fotos. Noté tanto cariño... Más que nunca.
     
    Sandra: “¿Nen, te das cuenta de lo mucho que te quiere la gente?” … “No, tú no lo sabes”. Callo. ¿Qué se puede responder a eso?
    Cantan el cumpleaños feliz, y después, claro “que hable, que hable”. Me subo en la silla y me limito a pedir algo:
     
    “Que en los años que sigan pueda seguir rodeado de buenas personas”
     
    Y rompen todos en aplausos. Esto es lo que se llama un momento feliz.

    Sábado, 7 de julio: Barcelona. Esa mañana cambia mi vida.
     
    Luego, Visual, en Torre Catalunya. Siete voces (genial, Itziar) ponen banda sonora a la declaración de amor más hermosa que jamás he hecho. Cena en familia. Barcelona a nuestros pies, y Juana, mi madre, presente a través de la figura distante del Castillo de Montjuich. La noche va cayendo mientras disfrutamos de momentos divertidos, suculentos platos, y hacemos planes para el año que viene.
     
    Seguiremos informando.