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    11/16/2008

    Adios, Marina

    Cosita

    ADIOS, MARINA.

    Un silencio suave y profundo se abate sobre este hogar, ahora tranquilo. Te escribo desde tu cuarto. El lugar en el que tu cuna iba a recoger tus primeros llantos y sonrisas. El sitio donde imaginé tantas veces que extendías tus manitas para tocar, oler y llevarte a la boca tus primeras sensaciones.

    Comencé a escribir esta carta en una fría sala de espera, mientras buscaban el latido de tu minúsculo corazón. Tu madre, sola, te lloró en una sala de hospital cuando no lo encontraron. Yo solo pude correr y correr hasta ella para atravesar juntos el negro y estrecho pasillo que es el silencio de tu ausencia.

    Unas semanas contigo fueron suficientes para sentir tanto amor…

    Aquella carta comenzó llena de rabia. Sí, soy humano. Es una de las cosas que tu simple existencia me enseñó.

    Verás, Marina: en este mundo extraño que no conocerás, la simple verdad desnuda de la vida o la muerte nos hace temblar, impotentes, mientras nos damos cuenta de que nada tiene trascendencia salvo una verdad: solamente existe el amor.

    Ni siquiera has nacido y he recibido de ti tantas lecciones …

    Nunca pude estar contigo, ni acariciar tus escasos cabellos mientras te quedabas dormida. Tampoco llegaré jamás a saber si heredaste la personalísima nariz de tu madre o mi pelo negro y rebelde. Y si sé que venías mujer es porque así te vió mamá en sus sueños todos y cada uno de los días en los que tuvo la suerte de llevarte en su vientre. Ah, y en los de tu tío Tony. Todos sentimos tanta alegría con tu simple existencia…

    Tu abuelo te compró unos Geox de campeonato (siempre creyó que vendrías varón) y tus tíos Ginés y Elvira guardarán para tu hermano los patucos del Barça que se apresuraron a comprar.

    Sin embargo, decidiste no venir.

    Ya no estoy enfadado, hija mía. Pero no puedo dejar de preguntarme qué fue lo que viste de este mundo para no querer hacerte presente.

    Tu madre y yo sabemos prácticamente todo lo que la ciencia nos dice: que es normal durante los tres primeros meses, que más vale ahora que después, que en tres meses podemos volver a buscar un hijo…  Pero no serás tú.

    No dejo de saber que jamás podré llevarte en brazos, auparte y enseñarte a pronunciar bien la erre. No podré explicarte cómo funciona este planeta al que no quisiste llegar. ¿Por qué?

    Quizá todos deberíamos pensar un poco más, aunque solamente fuese un minuto al día, en qué tipo de mundo estamos construyendo para que un ser inocente no quiera llegar.

    Querida Marina Ortega Díaz: llevas el nombre que tu abuela tenía pensado para mí, aunque yo también trastoqué un poco sus planes. Ibas a ser la primera madrileña de la familia, del signo de cáncer como papá… y poco más sé de ti.

    Que no podré cantarte nanas desafinadas o explicarte una y otra vez las mismas historias de la radio a la que dediqué mi vida. No podré pasear contigo por la playa y escuchar cómo tu madre nos explica qué es el mar mientras tus ojos maravillados descubren la inmensidad del horizonte, o el brillo de las estrellas.

    Adios, Marina, hija mía.

    Gracias por esta enorme lección de amor.